Nos las prometíamos muy felices todos. Estábamos convencidos que ganábamos y por fin, veíamos en el horizonte el ansiado logro de conseguir ser seleccionada, Madrid,  como ciudad organizadora de los Juegos Olímpicos de 2020.

Otra vez los miembros del Comité Olímpico Internacional han tomado la decisión de otorgar su confianza a otra ciudad, Tokio,  que dicho sea de paso, presentó una candidatura sin fisuras, con pasión, preparación,  innovación, alegría e indiscutiblemente enorme desarrollo tecnológico.

El yugo que España soporta sobre sus hombros con la crisis económica, la corrupción, el dopaje, acompañada de autoridades y deportistas que no son precisamente un ejemplo (recordar el episodio fraudulento con la hacienda de la “estrella deportiva Messi”) han provocado el desequilibrio de la balanza a favor del merecido ganador.

Claro, así es el juego. Ahora bien ¿Y ahora qué hacemos?. Desde el punto de vista de gerencia de riesgos:

  • ¿Se han considerado la utilidad de las inversiones realizadas, para provocar un retorno en la sociedad de forma inmediata?
  • ¿Los fastos que en la región se han acometido tienen sentido?
  • ¿Qué contenidos de calidad podemos promover para recuperar la buena imagen de la marca España al menos en el deporte?
  • ¿Tienen las autoridades un “plan B” debidamente trazado para intentar paliar la repercusión del fiasco en nuestras ya paupérrimas cuentas?

Estas y muchas más preguntas son las que debemos de hacernos antes de la toma de decisiones. Evaluar la probabilidad y la intensidad del éxito siempre es esperanzador y políticamente deseable, pero considerar la derrota no.

La gerencia de riesgos también ayuda a diagnosticar en esta materia. Mi deseo es que quede anotado esta opinión para el futuro seguir avanzando, procurar mejorar y no como siempre acostumbramos a hacer, empezando la casa por el tejado (Natxo Vadillo – compitte.com)