Más de cincuenta años, toda una vida detrás del mostrador. LA TIENDA, como así la llamamos en casa. El espacio favorito del barrio donde siempre encontrabas la solución para llevar a la mesa.

Con productos frescos del día, a un coste muy razonable, de una calidad indiscutible, acompañados de un servicio extraordinario, donde tu dejabas la nota y horas después volviendo a tu domicilio recogías los víveres perfectamente ordenados en tu carro de la compra.

Todo el mundo tiene el derecho de descansar cuando llega a una edad y más después tantas y tantas jornadas interminables de decenas de horas por lo que les deseo a estos hermanos una placentera y larga jubilación.

Dejando de lado los sentimientos, el agradecimiento de un servidor y a buen seguro, de toda la comunidad que habita nuestro barrio situado al sur de Vitoria, deseo hablar de la transición de negocios similares.

Siempre digo que el entrante hará grande al saliente y en este caso en concreto seguro que no me equivoco ya que el pabellón está bien alto y es muy pero que muy difícil superar.

Me consta que oportunidades como la protagonista de hoy hay todos los días en todos los rincones del país. Del ramo que fueren, desde carismáticos bares hasta ultramarinos exquisitos.

Negocios con solera, más que rodados, con una clientela consolidada, donde las sucesivas generaciones no desean continuar sabedores del sacrificio diario que tiene la atención al público.

Los pastores tienen un desempeño similar en la crianza de su cabaña ya que le dedican tiempo y tiempo sin vacaciones ni días de descanso, ya que su “género” así se lo exige.

Muchas veces pienso que los consumidores somos idénticos al ganado. Nunca nos acordamos del esfuerzo del que está detrás, de su horario y mucho menos de su familia. Exigimos en muchas ocasiones y con muy poca educación por cierto que nos atiendan con cortesía cuando justo llegamos apenas a unos minutos del cierre. Todo esto lo saben bien las generaciones descendientes y por eso toman otros caminos profesionales.

Lo que me entristece sobremanera es que la continuidad la aprovecha la inmigración y en concreto la inmigración asiática.

Estos están acostumbrados a trabajar a destajo, sin otras prioridades en la vida que el trabajo y la hormiguita por eso se están haciendo dueños del mundo.

Al margen de la soberanía patriótica, romántica si me lo permiten, incluso tremendamente preocupante, de la proliferación de guetos, latinoamericanos “San Cristóbal de los Ángeles – Villaverde”, musulmanes “El Puche – Almería”, asiáticos “Cobo Calleja – Fuenlabrada”, allá por donde vayas, en cualquier parte de Europa, me entristece ver cómo familias desempleadas de “nacionales” no asumen el reto de continuidad de locales y templos que forman parte de nuestra cultura, de la vida en la calle que tanto nos gusta y de la que tanto presumimos todos los españoles.

Resignación, parece ser que es la palabra que nos queda en la boca, con sabor agridulce en el paladar, por la pena que nos da que lo dejen, pero con la alegría de haberles conocido y disfrutado de su cariño y saber hacer diario.

Muchas gracias Ana y José Ángel y muchas gracias a todo su equipo. Disfrutad que os lo habéis ganado.

Natxo Vadillo – Compitte –