No hace mucho tiempo que leí por alguna red social una frase genial que dice así;

“Esto de los seguros es como el vino.

Si no notas la diferencia, compra el más barato.

Eso si, no te quejes si al día siguiente te duele la cabeza.”

No puedo estar más de acuerdo ante esta afirmación y deseo felicitar a su autor anónimo, ya que ha dado con la clave.

Cuando uno se esfuerza con su equipo, permanentemente en formar, informar, asesorar, acompañar en minimizar los gaps más relevantes de su programa de seguros y el cliente soberanamente decide tomar el camino más económico renunciando a determinadas innovaciones, la decisión está tomada y debe de ser asumida por quien decide que no es ni más ni menos que el tomador del seguro.

Como muchas veces hemos dicho, luego siempre se cumple una máxima que es la famosa Ley de Murphy, infalible doctrina que siempre ocurre y te deja con el culo al aire justo en aquel punto excluido o mejor dicho no contratado.

De vez en cuando ocurre todo esto y los profesionales que nos dedicamos al seguro lo sabemos muy bien. Yo suelo recordar encarecidamente a mi equipo que quede todo bien reflejado por escrito, donde tengamos a mano la trazabilidad de las decisiones y de los consejos que hemos ofrecido.

Ahora le llaman posverdad, la demagogia que algún consejero intenta escupir hacia fuera imputando el error a los demás en vez de asumirlo.

Esto es lo que yo denomino la amargura del sabor de la repugnancia. El hecho de no asumir cada cual sus responsabilidades negándolo y trasladando siempre a los demás sus problemas.

En fin. Así es el ser humano. En la clase política y en la civil, da igual, siempre hay quien nunca se equivoca.

Aún por encima si así ocurre, nuestra posición es de colaboración absoluta, yendo de cara sin escurrir el bulto, ya que obviamente todos somos personas que no siempre acertamos, pero como se dice de bien nacido es ser agradecido.

Natxo Vadillo – Compitte –