Pasados unos días de la conmoción que el mundo entero lamentablemente tuvo ocasión de vivir, viendo que la catedral de París era devorada por las llamas, me gustaría volver a reflexionar sobre riesgos semejantes.

Durante estos días, con dolor, se decía que era el monumento más visitado de Europa. Que en el mismo se han celebrado acontecimientos que forman parte de nuestra historia y que alberga en su seno incunables y numerosas obras de catolicismo.

La Unesco lo calificó como un edificio patrimonio mundial ya en 1991 y sin embargo ante del devastador incendio del fatídico 15 de abril, únicamente queda la esperanza de una pronta y costosísima reconstrucción.

¿Pero cómo hemos llegado a este punto? ¿Cómo es posible que se ejecuten tareas de mantenimiento y rehabilitación sin excepcionales medidas de seguridad?

Es más que evidente que durante la ejecución material de cualquier rehabilitación o simple tarea cotidiana de mantenimiento es una agravación de un riesgo en cualquier activo en el que se esté desarrollando. Le damos de un tiempo a esta parte, especial importancia a la prevención de accidentes, pero a lo mejor no le damos el mismo rigor a la prevención y mitigación de daños materiales de la índole que nos ocupa.

Desde un corto circuito, pasando por un trabajo en caliente, hasta cualquier hecho accidental o incluso meteorológico, puede ocasionar daños irreversibles e incalculables.

Por consiguiente, no cabe otra que desarrollar normativa de obligado cumplimiento del tratamiento de tareas acondicionamiento, rehabilitación y mantenimiento de edificios históricos que procuren que este sea el último lamentable suceso.

Seguro que aprovechan, dicho sea de paso, para incorporar protecciones contemporáneas que puedan convivir con el diseño y la tecnología originaría, pero no funcionemos como siempre después de un desastre y motivemos la prevención por favor.

Natxo Vadillo – Compitte –