Me consta y hasta puedo compartir en parte el pensamiento de lo áspero e ingrato,  que es el mundo del seguro y la pereza que da desde el punto de vista de gestión atacarlo con rigor.

Me consta también que a pesar de los ingentes esfuerzos que profesionales especializados como nosotros desarrollamos en nuestra tarea de “evangelización”, muchas de nuestras ilusiones acaban en el fondo del cajón.

El intrusismo en el sector asegurador de organizaciones despiadadas como la banca, exigiendo como moneda de cambio la póliza, no acompaña que digamos demasiado al asesoramiento en los riesgos de una empresa.

Unos por que solo les preocupa la póliza, a otros por que les da coraje remangarse y pelear por lo suyo y al final ceden en muchas ocasiones, o simplemente, porque confían en la amistad de sus “presuntos mediadores” sabedores que están racaneando en costes, al final como vulgarmente se suele decir se queda la casa sin barrer.

Claro la Ley de Murphy existe y tengan bien claro que de ocurrir alguna catástrofe inesperada le ocurren siempre a los peores protegidos y mejores personas. No suele ser al revés lamentablemente.

Y al final nuestro sabio refranero español lo dice bien claro….

El dinero del pobre va dos veces al mercado

Así es la vida y así de cruel se comporta con las buenas personas y sus empresas.

Faltaría a mi ética profesional vulnerando la confidencialidad, pero créanme no es la primera ni la última vez, que veré algo semejante que posiblemente dejará en la calle a más de una familia por no tener adecuadamente protegido su patrimonio a pesar de haber confiado sus seguros en “presuntos” colaboradores de confianza.

Al fin y al cabo la responsabilidad última es del gestor de la organización, llámese gerente, dueño, consejero delegado o administrador único.

Pero me duele y mucho no haber llegado a tiempo para convencer que tiene que dar el paso, que merece la pena, que no se trata de colocar la póliza a nadie sino de acompañarle de verdad en sus riesgos y que claro está esto tiene su recompensa.

A quien le escribo sabe muy bien lo que digo. Pero entre líneas ya se sabe perfectamente lo que uno quiere intentar trasmitir.

Natxo Vadillo – Compitte –

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