Hace apenas unas horas mi madre, Maite Vadillo, nos ha dejado después de una larga y cruel enfermedad.

Me encuentro instalado en la tristeza, ya que nunca estas cosas son apetecibles y sin embargo estoy profundamente satisfecho y lleno de alegría ya que su agonía llego a su fin.

Mi madre ha sido una mujer de las de antes, profundamente religiosa, absolutamente conservadora, ejemplo de las buenas costumbres donde el protocolo más estricto era su seña de identidad.

Niña de la posguerra, nacida en el seno de una familia de origen agrícola, que se transforma en empresaria con motivo de su diáspora a la ciudad.

De ahí me viene a mí las habilidades y aptitudes que más de uno valora con mi perseverancia en el trabajo.

Pero hasta aquí os quiero seguir contando, ya que no deseo dedicar este relato a la vida de mi madre, sino a una reflexión profunda que me ha llenado, después de haber leído el post que os acompaño a continuación escrito por un gran profesional de la medicina paliativa y después de haber vivido la agonía que cruelmente mi madre ha parecido.

Por favor sea quien fuere que gobierne este gran país, dentro de sus prioridades en el programa en políticas sociales debemos de avanzar en lo que puede ser los testamentos vitales y llegar a un consenso razonable que sea admitido entre lo religioso y lo humano.

Muchas gracias a todos, por vuestros aliento, en especial a mi familia, mis amigos y a mis queridos socios.

Os quiero.

Natxo Vadillo.

 

SUFRIR ¿PARA QUÉ? Alberto Meléndez

POSTED ON 22/05/2016 ACTUALIZADO ENN 22/05/2016

Sufrir tiene mala prensa. Y en nuestro trabajo se vive de una forma especial. A diario personas cuidadoras, familiares de enfermos en fase final de vida nos piden que acabemos con “el sufrimiento” de su familiar, que “qué sentido tiene verles así“. A veces de forma tímida, cuando la relación es más cercana y la confianza les da permiso para ello. Otras veces a bocajarro, casi antes del primer saludo, como algo que les hierve en la garganta y han de soltarlo de inmediato. Mientras ha habido una prueba pendiente, un tratamiento que quizá funcione, una cita de revisión, incluso un síntoma muy hiriente al que agarrarse… Cuando todo eso desaparece emerge la pregunta; “Y esto ahora, ¿para qué?”.

Algunas veces es evidente que el sufrimiento percibido en el enfermo es el propio (familiares, profesionales…). La contemplación de la muerte cercana, la ausencia de control, la incertidumbre… se vuelven intolerables en uno mismo. La única forma de evitar esta sensación es que finalice lo que la produce. La razón no alcanza a responder a la pregunta; “¿para qué?”. Y se invocan leyes futuras, países cercanos o lejanos, películas de éxito, mártires y verdugos. Y se pone en el enfermo un sufrimiento que no está en él sino en uno mismo.

Otras veces es el paciente quien manifiesta que ya no quiere seguir así. Que ya vale. Que no quiere ser testigo de su propio declive, que no quiere tener a sus seres queridos a merced de sus necesidades, cada vez mayores. Y se hace duro sostener la mirada. Y faltan palabras, razones. A mí me faltan. Mis creencias me valen. A mí. Así que sello mi compromiso con la persona; haré lo posible por mejorar el “así”… Y deseo de corazón que podamos conseguir todo el confort posible para que aparezca el sentido, para que se obre el milagro

No tengo la respuesta. Creí tenerla cuando empecé en esto, cuando había más teoría que práctica, más ideología que reflexión, más atención que compasión…  Pero a base de práctica, de reflexión, de compasión puedo decir con humildad que no sé qué sentido tiene en cada caso, pero dentro de mí aparece una certeza tenue (¿puede ser tenue una certeza?). SÉ que tiene sentido. Que algunas veces se nos hace visible y otras no. Que la posibilidad de cuidar y de ser cuidado abre espacios de autenticidad que no aparecerían de otra forma. Que es un misterio sobre el que las palabras valen más bien poco. Y que nuestra misión como profesionales de la salud es apartar todo el sufrimiento evitable para que las personas a las que atendemos puedan hacer su camino.

Leo y releo lo escrito. Me percibo absurdo en la explicación.

No pretendo convencer. Sólo poner mi experiencia y mi reflexión que creo honesta y desprovista de prejuicios. Evidentemente que en ella va mi historia, mis creencias… He sido testigo de cosas preciosas, experiencias maravillosas que no se hubiesen dado si alguien hubiera decidido intervenir en el proceso por evitar un sufrimiento que sin ser “bueno” a veces es sanador…

Con esa humildad lo cuento. Quizá no debería hacerlo, quizá no haya palabras… Yo a veces no las encuentro.