Lamentablemente el octavo del este mes nos dejó. Parecía un vaticinio, pero el quería despedirse y así lo hizo de un servidor semanas antes, así como acercarse a la rivera del mediterráneo para disfrutar de sus últimas horas al sur.

Disfrutaba como un chiquillo de los mínimos rayos de sol disponibles en sus tiempos libres. Tiempo que se organizaba meticulosamente para atender a todos sus quehaceres.

Mientras estaba en activo, informado y al día no sólo de sus cambios legislativos, sino de su entorno económico, político y social. Atendiendo a su madre, después a su tía, además de su suegra con la que convivían desde antaño, con paciencia, dedicación y mucho cariño.

Hombre único, casado con una mujer extraordinaria que le dejo demasiado pronto, sin hijos, con un hermano igualmente de ejemplar que hace pocos años tuvo que despedir, sin cuñados con los que compartir, pero con sobrinas y sobrinos que nos atendió con todo su saber hacer y su saber ser, como tiene por costumbre decir mi hermano.

Funcionario de carrera, en su máxima escala de jefe de servicio, con vocación de mejora y evolución, lo máximo en su escalafón, integro hasta el tuétano, posiblemente rechazado por muchos, pero igualmente querido por pocos, por eso, por ser simple y llanamente un hombre íntegro, donde aplicaba la norma, sin paliativos, cuestión hoy que lamentablemente no podemos considerar que sea un dogma habitual en las administraciones públicas.

Un profesional como la copa de un pino, pero más aún una persona que debería de encontrarse en todas las familias. Ni de lejos estaré jamás a su altura, ya que es imposible llegar a colmar tan enorme reto de dedicación incondicional a sus queridos.

Te quiero muchísimo tío. Un enorme legado nos has dejado y como muestra un botón de cómo tus sobrinas y mis hermanos te han atendido hasta el último momento.

Un ejemplo que seguir. Q.E.P.D.

Natxo Vadillo