El pasado viernes (finales 2014) conocimos los datos de empleo correspondientes al pasado mes de diciembre, cifras que confirman un cambio de tendencia en el mercado laboral en España.

Una buena noticia, sin duda, fruto de la estabilización económica, de la reforma del mercado de trabajo y de determinados incentivos fiscales que tiene un efecto positivo doble en las cuentas de la Seguridad Social al sustituir prestaciones por contribuciones. Otra cosa es que, en contra de lo que opina el PP, los nuevos asalariados se traduzcan en votos, dado el bajo nivel salarial medio de buena parte de las contrataciones y su carácter temporal. El cabreo sigue ahí.

Sin embargo, no es difícil plantearse, viendo los sectores en los que aumenta el interés por contratar gente –hostelería, comercio y servicios fundamentalmente–, la siguiente cuestión: ¿hablamos de nueva mano de obra o, simplemente, está aflorando la que desarrollaba su actividad en la economía informal española?

La pregunta tiene su razón de ser. No en vano, hace unos años, en el cénit de la crisis patria, el presidente de una caja de las serias no dudaba en comentar el estudio que había hecho entre parados de larga duración con hipoteca en su entidad. Resultaba que, al concluir el mes, una parte importante de ellos tenía, tras pagar la correspondiente cuota, MÁS dinero en su cuenta corriente que al inicio del periodo. Aun siendo cierto que buena parte de esa realidad se justificaba en las ayudas del sistema de protección pública, para el gestor era evidente que, en los casos en los que tal situación se producía, había dinero no declarado que cubría el día a día familiar.

Un ejercicio de corte parecido ha realizado en fechas más recientes otra entidad financiera sobre una muestra similar. Movilizó a toda su red para identificar en sus sucursales a desempleados cuasi estructurales con carga hipotecaria con el fin de asesorarlos –de la mano de una de las principales agencias de trabajo temporal– a la hora de redactar su CV, realizar una entrevista o potenciar sus habilidades con el único objetivo de que, finalmente, consiguieran un empleo a coste cero para ellos. Una oferta, se supone, irresistible para quien, casi seguro, ha perdido buena parte de la esperanza de recuperar la dignidad profesional.

¿Seguro?

Pues bien, de todos los finalmente identificados como potenciales beneficiarios del programa, un 65% declinaron la invitación a participar realizada de forma directa por el director de su oficina. De ellos, el 40% renunció durante el proceso a seguir participando en él, lo que sitúa el porcentaje de aceptaciones sobre el colectivo inicial en el 21%, esto es, uno de cada cinco.

Sorprendente, ¿no? Lo de menos es cuántos de ellos terminaron formando parte de una empresa (3,5%) o el coste unitario de ese esfuerzo para el banco (4.400 euros), números ambos encomiables pero irrelevantes a los efectos que nos ocupan. Lo sustantivo es que 4 de cada 5 parados de larga duración con una hipoteca a cuestas prefirió quedarse a verlas venir. ¿Cómo lo ven?

Siendo en teoría como son un grupo de ciudadanos para los que los fondos públicos son testimoniales, tienen más limitada la ayuda familiar (por el paso del tiempo) y les resulta crítica la liberación de renta como consecuencia de la bajada de tipos de interés, la única explicación sensata para tal dejadez sería la existencia de fuentes no declaradas de ingresos. No en todos los casos, por supuesto –las generalizaciones son siempre erróneas–, pero sí en una parte importante de ellos.

¿Cuántos? Imposible saberlo. Lo que sí que queda claro es que paro real y paro oficial en España son magnitudes muy, muy dispares, como intuíamos. Hasta el punto de que, a la pregunta de por qué con un 25% de desempleo en nuestro país no se han quemado las calles, aquí tienen la respuesta.

No les quepa la menor duda.

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