Después de más de 80 años, el Alavés ganó al Real Madrid en liga en su estadio, Mendizorroza. Una explosión de júbilo se apoderó por completo en toda la ciudad, más aún como en esta ocasión se mereció el triunfo en el último instante.

Todo un ejemplo de constancia lo demuestra con sus resultados el humilde equipo de mi ciudad, instalado en la cabeza de la tabla.

Me viene a la memoria un libro que un buen amigo mío me recomendó de un escritor británico llamado Nick Hornby. Apasionado del Futbol en su novela “Fiebre en las gradas” relata en base a multitud de capítulos diversos eventos de su querido Arsenal.

En concreto, “Siete goles y una bronca”, Arsenal vs Norwich del 04/11/89, describe su partido perfecto, ensayo literario que me permito reproducir a continuación ya que considero es genial en su expresión de lo que un buen hincha sueña por vivir.

Queridos amigos Alavesistas, disfruten del momento, esta sensación nunca se olvida.

Natxo Vadillo – Compitte –

 

SIETE GOLES Y UNA BRONCA; ARSENALvs NORWICH 4/11/89

 

Para que un partido sea real, verdaderamente memorable, es decir, ese tipo de partido después del cual vuelves a casa rebosando de satisfacción, es necesario que contenga tantos rasgos, de estos siete, como sea posible:

 

  1. Goles: tantos como sea posible. Existe un argumento según el cual los goles empiezan a perder peso en un triunfo especialmente fácil, pero esto nunca ha supuesto para mí el menor problema. (Cuando el Arsenal ganó por 7-1 al Sheffield Wednesday, disfruté del último gol tanto como del primero). Si los goles han de caer de uno y otro bando, es mejor que el contrario marque primero: me gustan muy especialmente las victorias por 3-2 en casa, tras haber remontado un 0-2 adverso y sobre todo si ganamos en el último minuto.

 

  1. Lamentables errores arbitrales: prefiero que el Arsenal sea la víctima y no el beneficiario de las cantadas arbitrales, al menos mientras no nos cuesten el partido. La indignación es un ingrediente crucial en la experiencia futbolística perfecta. No puedo estar de acuerdo con los comentaristas que defienden que el árbitro ha estado bien si ha conseguido pasar inadvertido (aunque tampoco me agrada, como a cualquier otro, que el árbitro pare el juego cada dos por tres). Prefiero que se haga notar, prefiero chillarle y sentirme engañado por sus decisiones.

 

  1. Un público bullicioso: según mi experiencia, el gentío suele ser sensacional cuando su equipo va perdiendo y sin embargo juega bien; he ahí una de las razones por las que remontar un 0-2 para acabar con 3-2 es mi marcador preferido.

 

  1. Lluvia, un campo embarrado, etc.: el fútbol en el mes de agosto, sobre un terreno de juego perfecto, verde como una alfombra, resulta estéticamente más atractivo, aunque a mí me gusta que haya algo de caos resbaladizo en la boca de gol. Cuando el barro o el agua son excesivos, ni uno ni otro equipo puede jugar bien, pero ver a un jugador que resbala unos metros cuando realiza una entrada, al contrario, o cuando intenta llegar al remate de un balón cruzado, es algo insuperable. Y también se intensifican las pasiones cuando se ve el partido bajo la lluvia.

 

  1. Que el adversario falle un penalti: el portero del Arsenal, John Lukic, era el rey del penalti, y por eso he visto unos cuantos fallos del equipo contrario en la pena máxima. Mi preferido sigue siendo el de Brian McClair, el horror del último minuto en la quinta eliminatoria de la Copa de1988: lo tiró tan por encima del larguero que por poco sale por encima del tejado del Fondo Norte. Sin embargo, conservo un cariño residual por el intento fallido de Nigel Clough, también en el último minuto, de un partido de Liga en 1990. Falló el lanzamiento, el árbitro ordenó que se repitiera y volvió a fallar.

 

  1. Que un jugador contrario reciba la tarjeta roja: «Es decepcionante ver cómo reacciona el público», comentó Barry Davies durante un partido de cuartos de final de la Copa entre el Portsmouth y el Nottingham Forest, en 1992, cuando un jugador del Forest, Brian Laws, fue expulsado: los hinchas del Portsmouth se volvieron locos de alegría, y ¿qué podía esperar el comentarista? Para los hinchas, una expulsión siempre será un momento mágico, aunque es crucial que no se produzca demasiado pronto. Una expulsión en el primer tiempo suele dar por resultado una victoria fácil y aburrida para el equipo que se queda con los once (por ejemplo, Forest-West Ham, semifinal de Copa de 1991), o bien una reorganización defensiva impenetrable en el equipo que se queda con diez, y el partido pierde todo el encanto que pudiera tener. En cambio, las expulsiones en el segundo tiempo, sobre todo si el partido está igualado, son de lo más gratificante que se pueda imaginar. Si tuviera que escoger una sola expulsión que llevarme a una isla desierta, tendría que ser la de Bob Hazell, de los Wolves, que tuvo que irse a la ducha en el último minuto de una eliminatoria de Copa disputada en Highburyen 1978: el marcador estaba 1-1. Si recuerdo bien, le dio un manotazo en la cara a Rix, que en ese momento pretendía quitarle el balón para lanzar un córner sin perder tiempo. Gracias a ese córner, Macdonald se vio libre por primera vez en todo el partido del implacable marcaje a que lo había sometido Hazell, y conectó un cabezazo sensacional que nos dio la victoria. También disfruté una barbaridad con la larga y solitaria caminata de Tony Coton en Highbury en 1986ver a un portero expulsado tiene algo especialy la agresión homicida de Massing a Caniggia, seguida por su saludo a los espectadores en el partido inaugural de los Mundiales de 1990.

 

  1. Algún tipo de «incidente desgraciado» (véase, «una tontería», «un absurdo», «algo desagradable»): aquí entramos en un resbaladizo terreno moral; es evidente que los jugadores tienen la responsabilidad de no provocar a un público que las más de las veces es altamente inflamable. Una pelea entre los jugadores del Coventry y del Wimbledon, una lluviosa tarde de noviembre y ante un público medio adormecido, que no llegará a los diez mil espectadores, no tiene nada que ver con una pelea entre jugadores del Celtic y de los Rangers de Glasgow, teniendo en cuenta el incontrolable sectarismo y el encono que existe en las gradas. Sin embargo, hay que aceptar la conclusión, no sin pesar, no sin cierto grado de tristeza muy relacionada con el espíritu corintio, de que no hay nada como una buena bronca para animar un partido aburrido. Los efectos secundarios siempre son provechososlos jugadores y el público se meten más a fondo en el partido, se espesa la trama, se acelera el pulso, y mientras el partido no degenere a raíz de la bronca y no devenga un partido agrio, a cara de perro, las broncas entre los jugadores a mí me parecen un rasgo deseable en un partido, como puede serlo una bonita terraza o una chimenea en una casa. Si yo fuera periodista deportivo o representante de las autoridades competentes, no cabe duda de que me callaría en este sentido: emitiría algún que otro comentario de repulsa, insistiría en que los infractores respondieran de sus desmanes ante la justicia. Los rifirrafes, como las drogas blandas, no tendrían ninguna gracia si contasen con la sanción oficial. Por suerte, sin embargo, no tengo esa responsabilidad: soy un hincha, no tengo el deber de acatar la disciplina de la moral……