El sábado 26 de abril de 1986 a las 1:23 horas de la madrugada, el reactor número cuatro explotó en Chernóbil durante unas pruebas de seguridad.

A partir de ese día el ser humano empezó a conocer una nueva forma de temor tan invisible como destructivo.

“Lo que ha pasado es algo desconocido. Es otro miedo. No se oye, no se ve, no huele, no tiene color; en cambio nosotros cambiamos física y psíquicamente. Se altera la fórmula de la sangre, varía el código genético, cambia el paisaje”, narraba uno de los supervivientes que sufrió la catástrofe.

Treinta años después, a finales de noviembre el pasado año, se cubre la central con un inmenso caparazón de acero para evitar fugas de radiación durante un siglo después de que la agrietada estructura de la central haya estado expuesta a la intemperie.

Las cifras demuestran la envergadura del proyecto. Entre 1.500 y 2.000 millones de euros de inversión, 108 metros de altura, 162 de largo, 257 de ancho y peso de 36.000 toneladas, más de mil empleados trabajando – ahora si – entre estrictas medidas de seguridad, alternando dos semanas de trabajo, viviendo en apartamentos descontaminados, etc…

El ambicioso proyecto no es una casualidad que preocupara a los científicos, se empezó a emprender en 2012 pocos meses después de que los fantasmas de Chernóbil resucitarán ante el escape radioactivo de Fukushima tras su fuerte terremoto.

En aquel momento la tragedia llevó a Europa con Alemania a la cabeza a replantearse su relación con la energía atómica apoyados por los exámenes que la Comisión Europea encargó para detectar las debilidades del sistema y actualizando las normas de seguridad nucleares.

Una vez más tomando decisiones ante la amenaza y la incertidumbre, cuando existía una más que evidente certidumbre que no habíamos adoptado la decisión más segura para minimizar estos espantosos riesgos.

Natxo Vadillo – Compitte –