No es extraño anhelar arcos triunfales y verdes praderas. Sin embargo, me temo que a menudo sentimos haber perdido el trébol de cuatro hojas entre las paradojas cotidianas. El río que nos arrastra entre rocas que van erosionando nuestra resistencia a la frustración. Cual Alonso Quijano estamos dispuestos a “desfacer entuertos” y batirnos en duelo contra gigantes para luego acabar mordiendo el polvo bajo aspas de molino.

El amor cortés queda para los oasis literarios donde evadirse de la actualidad prosaica. No obstante, aún quedan caballeros andantes que representan un auténtico paradigma en el desarrollo empresarial de nuestros días. 

Las circunstancias y el contexto socioeconómico son iguales para todos, por lo que cualquier excusa para justificar un fracaso tiene raíces endógenas. Debemos interiorizar nuestra responsabilidad en el devenir de nuestros lances.  

Con cuatro décadas de arduo trabajo a sus espaldas, Richard Vaughan ha conseguido erigirse como un referente en su sector. No cabe ningún tipo de suspicacia ante los frutos cosechados a través del esfuerzo, la innovación y el valor añadido.

Es fácil imaginar de forma idílica las trayectorias de grandes personajes, tanto en la Historia universal como en el mundo de los negocios. Una mirada más cercana y un estudio más pormenorizado nos revela que el camino no fue fácil y hubieron de fajarse desarrollando recursos personales en auténticas ciénagas.

La enseñanza de otro idioma, lejos de ser un auténtico magisterio, deambula en un lodazal en el que se compite de forma desgarradora con precios y formas legales de dudosa honorabilidad.

El ejemplo de Richard Vaughan nos anima a seguir esforzándonos y encontrando formas de innovación en el barro, cualquiera que fuere nuestro sector. La caballería andante aún recorre nuestros caminos en busca de causas loables.

Javier Martin – Compitte –